MANUEL A. FERNÁNDEZ

Incertidumbre
Museo Emilio Caraffa, 2018

Curaduría: María Carolina Baulo

Artistas: Juan Andrés Videla, Ileana Hochmann, Nestor H. Crovetto, Marcela Bosch, Manuel A. Fernandez, Patrick Glascher, Rosana Simonassi.

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“Si no hubiésemos dicho que las artes eran buenas y no hubiésemos inventado esa especie de culto de lo que no es verdadero, el conocimiento de la universal falta de verdad y de la universal falsía que nos viene dado ahora por la ciencia, el conocimiento de la ilusión y del error como condiciones de la existencia que conoce y que siente, no se podría soportar en modo alguno.”, La Gaya Ciencia: Nuestro último agradecimiento por el arte, Friedrich Nietzsche

El arte. Máquina fenomenal productora de artificios, es quizás el mejor salvoconducto creado por el hombre para tolerar su insoportable levedad, parafraseando a Milan Kundera. El arte nos engaña una y otra vez; es la madre de todas las ilusiones.

Incertidumbre reúne fotografía, video, pinturas, serigrafías y grafito con el único objetivo de poner en jaque los criterios y sistemas de creencias enquistados y asumidos como verdades absolutas en el imaginario social, los cuales no hacen más que restringir y empobrecer nuestra mirada. Una de esas verdades consiste en creer que aquello que aparece representado en las obras de arte, es real. Se entendería si pensamos en otras épocas como por ejemplo en la Grecia clásica cuando un Zeuxis lograba confundir a las aves con su pincelada perfecta, provocando así que chocaran contra la pared al intentar picotear las uvas allí pintadas. O si nos referimos a aquellos que, aún hoy, siguen atravesados por dogmas fanáticos o fenómenos religiosos donde una imagen encarnaría una presencia física real: representar y presentar al mismo tiempo. De otra forma sería muy difícil sostener con fundamentos coherentes que las obras nos dicen la verdad. Es más, me animo a decir que el virtuosismo técnico de un pintor puede invitarnos a disfrutar de una escena siniestra y aun así nos sentimos protegidos gracias a esa fantasía creada por el arte que opera como garantía de que aquello que estamos viendo, no es.

En la otra vereda, la fotografía no pareciera tener tanta impunidad como la pintura porque solemos asignarle el lugar de registro fiel, evidencia incuestionable de aquello que sucede: lo que la cámara capta sería una suerte de testigo mudo de una certeza. Entonces el goce frente a los escenarios fotografiados ya no es indiscriminado porque si la fotografía dice la verdad, entonces todo lo terrible o desestabilizante que allí pudiera ocurrir, debería causarnos rechazo. ¿Y por qué, si la fotografía también es parte de un universo imaginario? Digámoslo de manera simple y rescatémosla de ese lugar que no le pertenece: fotografiar implica hacer un recorte que deja más cosas afuera de las que pone dentro del encuadre. Es una forma de ver la realidad -la del artista- pero no la única forma. Las imágenes no son inocentes, no lo fueron nunca y no lo serán jamás; y me hago cargo de este pensamiento.

Las obras de Juan Andrés Videla protagonizan un escenario donde el límite entre lo pictórico y lo fotográfico se ve cuestionado a simple vista. Y es allí donde nace el interés por hacer esta muestra que vincula un grupo de artistas cuyas obras comparten afinidades que pueden pasar por el tratamiento técnico, formal, cromático, estético y fundamentalmente desde lo conceptual. Todas ellas dejan suspendido al espectador en ese punto intermedio e incómodo donde no logra hacer pie en el terreno firme de la garantía de ilusión que encontraba en la pintura o el dibujo y mucho menos sentirse a gusto frente a la cuestionable e inquietante “verdad” fotografiada. Marcela Bosch, Manuel Fernández, Patrick Glascher, Rosana Simonassi y Néstor Crovetto dialogan con las obras de Videla poniendo en crisis la mirada, proponiendo soportes y formatos alternativos. Todos ellos transitan paisajes que guardan cierta conexión con la categoría de lo sublime, la factura tiene elegantes referencias pictóricas, la indefinición espacio temporal domina las escenas, la sensación de vacío, inmensidad y silencio. Desiertos, llanuras, montañas, mares, parques, rutas, pastizales, ríos, urbanidades lejanas:
intemperies recreadas combinando la tecnología digital con la impronta de la textura de la materia pura. Solamente una artista, Ileana Hochmann, apela a la figuración humana para enrollarla
–literalmente- en un relato donde fotografía e impresiones serigráficas enmascaran el paisaje más natural y visceral, inherente a la condición humana.

El arte nos lleva por caminos donde desconocemos con qué ángeles o demonios podemos encontrarnos, nos obsequia la maravillosa posibilidad de fantasear, de hacer “como que no sabemos” y dejarnos engañar aunque sea por un rato. Y es justamente porque puede alivianar nuestra carga y enriquecer nuestro paso por la vida, y porque tiene la capacidad de sacudirnos el alma, desafiar las mentes curiosas y motivar la reflexión crítica, que le debemos ese último agradecimiento, al decir de Nietzsche.